Cuando se acercan las fechas de finales de octubre y Todos los Santos asoma a lo lejos, me acuerdo de Larra y su artículo sobre el Día de Difuntos. La lectura de ese y otros textos memorables me da la impresión de que me redime del ajetreo de este día a día irreflexivo, despersonalizado, insensato en la mayor parte de sus horas.
Larra no fue uno de esos autores a los que llegué en su momento y por mi propia mano. Nuevamente, mi memoria me dice que lo descubrí porque Tomás fue un seguidor suyo y de su personalidad muy tempranamente, con seguridad que debía de ser en los primeros años 80. A mí me costó, no sé por qué, entrar en su mundo. No diré nada nuevo afirmando que me sorprendió su sentido común fuera del tiempo, de su época. Su lengua sobrevive también y el filo de su ironía. Eso nos lo convierte en alguien tan cercano, ayudándonos a interpretar nuestro mundo, que no puedes dejar de considerarlo un imprescindible de nuestra literatura, o lo que es lo mismo de nuestra esencia.
Leyendo sus artículos uno piensa, ya no en el mundo que retrata, sino en la sociedad que lo debió de leer, la que él retrataba y criticaba, pero que no se debió de dar por aludida hasta mucho más tarde. De no ser así, cómo un país pudiera haber tardado tanto en superar las circunstancias que lo anclaban a un pasado, más aún si consideramos que otras naciones vecinas ya habían arrancado el motor o la conciencia industrial de los tiempos. Sin duda, fueron las causas de su presente que lo arrastraron a tomar su decisión final, pero también debió pesar su desubicación en un entorno poco o nada receptivo al brillo de su inteligencia.
En el rincón de Libros Orwell, hoy, alguien estaba hojeando las páginas de sus artículos. Me he sentido tentado de recomendarle este o aquel, pero luego he decidido callar y que fuera el mismo Larra el que lo sedujera y lo convierta a su orden.

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