La primera vez que oí el nombre de Jorge Luis Borges cursaba 2º de BUP y aún quedaban lejísimos los días del rincón de LibrosOrwell. Me lo recomendó el profesor de literatura catalana, Rafael Molina, un tipo singular que había venido del País Valencià a dar clases al Instituto Màrius Torres, a principios de 1981. Su forma de tratar la literatura, su proximidad personal nos lo hicieron simpático y no tardamos en buscarle las cosquillas. Si no fue con los escritos que nos mandaba escribir como deberes, debió de ser en una conversación que mantuvimos con él, donde quisimos impresionarle con nuestros autores favoritos, cuyos nombres escuchó sin pestañear, diría. No recuerdo qué le diría yo, probablemente citara a Frederick Forsyth, Erich Segal. Si Molina nos hizo caso, debió de ser porque Tomás seguramente le mencionara los nombre de Edgar Allan Poe y de Óscar Wilde, que, a modo de contraseñas, le harían pensar que aún quedaba algo de esperanza en este mundo, dado la que estaba cayendo por las calles.
Cuando le preguntamos cuál era su libro favorito, no le costó decidirse. Puede que mencionara más de uno, pero sobre el que mostró más reverencia fue por El libro de arena de Jorge Luis Borges. Yo creo que se lo hice repetir un par de veces, antes de pedirle que me lo escribiera en un papel. No había oído nunca aquel libro que el profesor aseguraba que era lo más de lo más. Y de camino a casa pasamos por la Biblioteca Pública, entonces accesible por la calle de La Palma, y me llevé un ejemplar. Guardo la sensación de que no entendí qué interés podía suscitar aquel libro. No entendí nada de lo poco que creo que leí, pues, a diferencia de los libros a los que estaba acostumbrado, no podía entrar en él, y por más empeño que ponía sus páginas, palabras e historias parecían rechazarme, no aceptarme. Aún tendría que pasar un tiempo antes de que yo también tuviera en un pedestal la obra de J. L. Borges, durante el cual una extensa relación de lecturas me pondrían sobre el mundo y me dotarían del sentido lector necesario para reconocer y degustar cada uno de los adjetivos que el maestro Borges supo sembrar en sus páginas. Incluso diez años después, durante el viaje a Boston, en los momentos desoladores que se sucedieron, la lectura de Inquisiciones, El aleph, Otras inquisiciones contribuyeron a que la soledad o el desconcierto fuera menor y mis días se llenaran de su sabiduría con los joyeles de sus adjetivos.
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