Faulkner no estuvo siempre ahí. Recuerdo una de aquellas tardes en que íbamos a casa de Emili y Pere, en el carrer Teuleries, de visita, a darles tertulia. (Solo años más tarde he caído en la gran paciencia con que en más de una ocasión debieron recibirnos y acogernos en aquel gran salón donde tenían su biblioteca y en cuyos extremos cada uno tenía su mesa de trabajo). Los debíamos levantar de lo que estuvieran haciendo o escribiendo, te sacaban una cerveza y allí te estabas dos o tres horas, hasta que te parecía prudente, si no se presentaba algún plan, largarte a casa. Recuerdo, decía, una de aquellas arengas mías panfletarias reivindicando o exigiendo la lectura de los grandes nombres de la literatura, pues por aquel entonces solo nos dejábamos llevar por las novedades, como si lo último que se publicara fuera siempre lo mejor. Cosas de la época y del escaso criterio que aún podía con nosotros. Alguno dijo que quizá se tratara de nombre excesivamente valorizados y que tal vez no fueran tan buenos como se decía que lo eran y habían sido. Pero el caso es que hablábamos más de boquilla que con la certeza de conocer sus obras. Hemingway, Faulkner, Proust eran asignaturas pendientes.
Con la lentitud que precisa toda lectura fuimos volviéndonos más sabios, diría. Y uno de los libros responsables fue Mientras agonizo, que nos abrió las puertas de su mundo. Y también de manera progresiva, fuimos entendiendo la grandeza de ciertos autores, nos deslumbró la magnitud de su imaginación y de su idea de lo que debe ser una obra literaria, que superaba con mucho el pensamiento literario de muchos de los autores que llenaban nuestras estanterías y que ahora ni siquiera ocupan la línea de sombra de nuestra biblioteca.
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