domingo, 9 de octubre de 2011

Los prejuicios

Por una serie de prejuicios, durante largo tiempo evité leer Tirano Banderas de Valle-Inclán, que acabo de encontrarme encima de la mesita apenas he entrado en el rincón de LibrosOrwell. Cuando lo hice, no hace demasiado, ya venía convertido a la fé valleinclanesca por algunas de sus otras obras, como Romance de Lobos, las novelas que dedicó a la guerra carlista o el primer volumen de su otra trilogía El ruedo ibérico. Así, pues, no me supuso ningún esfuerzo ponerme con Tirano.
Creía que se trataba de una novela más de lo que había leído en Historias de la Literatura, una novela más de dictadores, y no diría que no lo sea. Quizá pesaba el poso extraño de la versión cinematográfica que vimos hace ya años, y la sensación que nos transmite lo audiovisual de que con sus imágenes no habrá palabras que logren superar su mensaje.
Sin embargo, el mundo que uno se encuentra en Tirano Banderas supera con mucho al de la película que lo versionó. La prosa de Valle-Inclán, primero de todo, es ya un crochet, por imprevisto, para todo aquel que no lo haya leído anteriormente. Recuerdo haber buscado sin éxito numerosas palabras cuando leí las novelas de la guerra carlista, hasta que me di cuenta de que Valle me hablaba de un mundo ya desaparecido del que apenas quedan restos y con el que también desapareció la lengua que le era propia. Aquí también sucede lo mismo, quizá no tan perceptible. Pero la contundencia de su estilo, sus oraciones directas, su punto de vista mordaz, ese mundo frágil del periodismo, de aquellos que viven bajo regímenes autoritarios y que no puede controlar su rebeldía ni su crítica se vuelven admirables a todo lector que le dedique su atención. Es cierto que no tiene la desnudez expresiva de un Baroja, y que eso le habrá restado popularidad, pero su obra debe valorarse como un puerto de llegada en lo que respecta a la literatura en nuestra lengua, y pocas obras (me sería difícil enumerar un puñado) se pueden equiparar a esta.

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