martes, 29 de noviembre de 2011

Imagen de Rafael ALBERTI

Muchas veces compramos un libro aun a sabiendas de que no es el que buscábamos ni tampoco el mejor o el más representativo de un autor. No esperamos sorpresas de su lectura, sino que nos lo agenciamos porque leerlo representa conocer más facetas de la obra de un escritor que admiramos y seguimos.
Yo diría que algo así me sucedió con el que acompaña estas líneas. Las Coplas de Juan Panadero no se incluyen dentro de lo más valioso de la obra de Rafael Alberti. Pero sí que supusieron un momento significativo de su popularidad en España, sobre todo tras su regreso del exilio y su labor como diputado del PCE.
Por aquellos días de 1982,  había leído y releído por aquellos días de 1982 el Marinero en Tierra, en una edición que se decía conmemorativa y facsímil de la Editorial Nueva, tal vez del cincuentenario del Premio Nacional que distinguió sus versos. Y con menos suerte debí buscar y encontrar otros libros suyos tanto en la Biblioteca Pública como en librerías, de los que fue editando Seix Barral, con aquellas célebres y extrañas portadas de Tàpies. Hacíamos juegos de palabras con los títulos de sus obras, con los que publicó antes de la guerra, sobre todo: Sobre los ángeles, El poeta en la calle, Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos... E imitábamos su manera de escribir así como la de Pablo Neruda también en poemas mitineros, con tono de arenga a multitudes que solo existían en nuestra fantasía, porque cuando los recitábamos debíamos bajar el tono pues nunca había un público superior a tres amigos como audiencia. Algo fallaba sin duda, pero nos resistíamos a considerar que aquella no fuera una manera adecuada de entrar en el ámbito de la poesía y de soltar por escrito lo que nos rondaba por cabeza.
Yo diría que Alberti vino a Lleida cuando se convocó el referéndum de la OTAN. Tengo la imagen de una mañana todavía gris de invierno en el Teatro Principal de Lleida donde estaba anunciado que participaría en el mitín del PSUC. No recuerdo ahora mismo quiénes hablaron además aquel día. Guardo la sensación de que se me hizo larga la espera, de que Alberti no salió hasta el final. El teatro, de estructura clásica con platea, anfiteatro y varios altillos, estaba hasta las cachas y a duras penas me hice un hueco en un palco del segundo piso desde donde tuve una perspectiva poco menos que aérea y, no digamos, incómoda de cuanto sucedía en el escenario. Creo que cuando salió ya eran las dos del mediodía o poco más, y debían estar esperándome en casa para comer, puntuales e inquietos si me demoraba. Con esa sensación de estar donde no debía escuché los poemas que recitó, bueno, las Coplas de Juan Panadero que me generaron cierta desilusión porque, aun consciente de que probablemente recitaría aquellos poemas, confiaba en que se le escapara cualquier otro de los muchos que en él admiraba. No fue así y por ello me quedé algo más decepcionado. Salí escopeteado mientras sonaba una Internacional atronadora, sin cruzarme con nadie todavía. Afuera en mitad de la calle, peatonal, del centro de Lleida, estaba aparcado un coche Cadillac azul marino, que pensé que era suyo. Caminé deprisa de vuelta a casa con una sensación que me era difícil de comprender y que se quedó ahí dentro tal como hoy la he encontrado y puesto en escena, a propósito de haber encontrado este libro en las estanterías de humo de LibrosOrwell

jueves, 3 de noviembre de 2011

Memoria de Larra

Cuando se acercan las fechas de finales de octubre y Todos los Santos asoma a lo lejos, me acuerdo de Larra y su artículo sobre el Día de Difuntos. La lectura de ese y otros textos memorables me da la impresión de que me redime del ajetreo de este día a día irreflexivo, despersonalizado, insensato en la mayor parte de sus horas.
Larra no fue uno de esos autores a los que llegué en su momento y por mi propia mano. Nuevamente, mi memoria me dice que lo descubrí porque Tomás fue un seguidor suyo y de su personalidad muy tempranamente, con seguridad que debía de ser en los primeros años 80. A mí me costó, no sé por qué, entrar en su mundo. No diré nada nuevo afirmando que me sorprendió su sentido común fuera del tiempo, de su época. Su lengua sobrevive también y el filo de su ironía. Eso nos lo convierte en alguien tan cercano, ayudándonos a interpretar nuestro mundo, que no puedes dejar de considerarlo un imprescindible de nuestra literatura, o lo que es lo mismo de nuestra esencia.
Leyendo sus artículos uno piensa, ya no en el mundo que retrata, sino en la sociedad que lo debió de leer, la que él retrataba y criticaba, pero que no se debió de dar por aludida hasta mucho más tarde. De no ser así, cómo un país pudiera haber tardado tanto en superar las circunstancias que lo anclaban a un pasado, más aún si consideramos que otras naciones vecinas ya habían arrancado el motor o la conciencia industrial de los tiempos. Sin duda, fueron las causas de su presente que lo arrastraron a tomar su decisión final, pero también debió pesar su desubicación en un entorno poco o nada receptivo al brillo de su inteligencia.
En el rincón de Libros Orwell, hoy, alguien estaba hojeando las páginas de sus artículos. Me he sentido tentado de recomendarle este o aquel, pero luego he decidido callar y que fuera el mismo Larra el que lo sedujera y lo convierta a su orden.

martes, 18 de octubre de 2011

Mucho Cernuda

Cernuda es mucho Cernuda. En realidad quién me iba a decir que de todos los autores de la Generación del 27, por dejarme de quisquillosidades y darle un nombre rápido y pronto, me iba a quedar con la obra de Luis Cernuda, y ya en otro orden de preferencia con detalles, grandes poemas u obras de Federico García Lorca, u otros de Rafael Alberti.
Paseando por las estanterías virtuales de Libros Orwell esta tarde me he tropezado con Ocnos. Esta joya de la literatura de nuestro idioma tardé un buen tiempo en saborearla y valorarla. Antes entraron por los ojos y con la fuerza de la tradición y el influjo de la fama, que la Transición de todo trajo, y más en el ámbito de la educación, las obras de Alberti, Aleixandre, Salinas, recuerdo, el primer Gerardo Diego, porque con aquello de las vanguardias me sedujo... Leímos de todo en aquel tiempo, como siempre, sin orden ni demasiado criterio, y escribimos pensando que un hombre habla como un poeta puro de 1930 escribía. Y naturalmente nada de todo aquello sobrevivió.
La formación, las lecturas nos fueron haciendo otros y dejando un poso de juicio que solo encontró interlocutores en los poemas y los textos de Luis Cernuda. Pero antes aún teníamos que ir a Sevilla, adonde podemos asegurar que fuimos llevados por Luis Cernuda, en 1988, por el anuncio que leímos de la realización de un congreso internacional que se dedicó a su memoria, a principios de mayo. No sé bien qué nos dio para en cuestión de 48h coger el equipaje y largarnos con un tren nocturno a su ciudad, sin preparativo alguno. Locuras de una edad. El congreso tuvo sus ratos: no olvidaremos a Octavio Paz, a Rafael Santos Torroella, entre otros, paseando por los jardines del Alcázar de Sevilla, tan próximos y tan en su mundo. Asistíamos a las sesiones aguantándonos el sueño, que no sabíamos donde esconder.
En nuestros paseos por la ciudad fuimos a dar a la editorial y librería Renacimiento, donde Abelardo Linares nos atendió amabilísimamente y nos enseñó libros que valían un ojo de la cara e incluso abrió y sacó de la vitrina un ejemplar de Calcomanías de Oliverio Girondo. Nos dejamos aconsejar y nos llevamos varios libros que aún guardamos de aquel viaje, junto a los que compramos en el Parque de María Luisa, donde nos encontramos con la Feria del Libro y las casetas de las editoriales andaluzas. El hallazgo de los libros de Javier Salvago fue todo un descubrimiento que nos dio muchas tardes de conversaciones y de feliz envidia literaria. La destrucción o el humor se convirtió en nuestro hit de aquellas tardes de nostalgia sevillana que acabaron durando muchísimo tiempo, porque una vez que has ido a Sevilla y la has vivido, has paseado por la calle del aire y te has imbuido de ella no hay manera de quitársela de la cabeza ni de soslayar la fuerza con que te atrae cada vez que la recuerdas.
Y lo mejor no lo cuento. Sevilla es mucha Sevilla.

La compañía de Edgar Allan


Hay libros que te acompañan a lo largo de toda una vida, que eres capaz de leer en otras lenguas para descubrir lo que en la primera, segunda y tercera lectura se te pasó por alto. La fuerza de sus historias, la construcción de sus relatos no disminuye ante la frontera de las traducciones, sino que se expande como nube de polvo volcánico. Son libros que te encuentras en todas partes, como hoy me ha pasado al entrar en Libros Orwell. Las Narracions Extraordinàries son una versión que realizó el poeta Carles Riba, entre cuyos otros trabajos merece ser recordada su edicion de la Odisea. 
Edgar Allan Poe, circa 1849
La primera edición de los cuentos de E.A.Poe que vi fue la que Tomás se compró allá por 1980, editado por Plaza & Janés, cuando todavía no se podía imaginar que fuéramos a tener una biblioteca allá donde fuera que llegáramos a dormir a lo largo de nuestra vida. Y si nuestros maestros de por entonces tuvieron su parte de responsabilidad ante la fiebre literaria que nos pilló tan tempranamente, no menos debería atribuírsele a la compañía de Edgar Allan. Desde entonces, en muchos escritos, más en los de T.C. que en los míos, apareció un tinte macabro, un signo de terror o misterio que solo se puede atribuir al influjo de Poe. Compartíamos ciertas preferencias por algunos cuentos. Cómo no, por "El gato negro", "El pozo y el péndulo", "La caída de la casa Usher", "El caso del señor Valdemar", por su poema "El cuervo", y pasados unos días sin vernos siempre nos descubríamos la pasión por algún nuevo detalle en "El barril de amontillado", "Berenice", "El escarabajo de oro"... No tardamos en acudir a los Cuentos Completos, que tradujo otro grande, Julio Cortázar, y allí nos dimos una idea más certera de todo el potencial de la obra de este hombre. Y asi mismo, él fue el responsable de que fuéramos estirando de la cuerda que inicio, y conociéramos a Baudelaire y, de aquí, con el tiempo, a casi todo el mundo que de una manera u otra alabaron su obra.
Al leer su biografía, extraña incluso cómo pudo tener tiempo para escribir tanto, si su tiempo fue breve y no tuvo por otra parte una vida tan relajada. Su obra sigue vigente porque sus personajes siguen hablándonos, porque más que los temas que los catalogan sus cuentos están protagonizados por seres reconocibles en sus personalidades, en sus manías y enfermedades. Su sentido de la ironía no es menor, pues nos muestra el desapego que sentía hacia esta sociedad y sus costumbres. Solo en un mundo que no tuviera parecido a este, su obra dejaría de hablarnos, e incluso entonces quién sabe si no sería esa ficción futura una nueva pesadilla de un mundo que muchos creeríamos encerrado en el sueño de un hombre que malduerme tirado en un rincón de una calle céntrica.


viernes, 14 de octubre de 2011

Una idea de la poesía

Cuando entro en una librería, me gusta descubrir su organización y, una vez ubicado, me voy directo a las secciones que han despertado mi interés, siempre con el celo aquel de encontrar el libro que lleva años esperándome en sus estanterías, aquel que no ha llegado allí fruto de las novedades, sino que ha sido rechazado por numerosos clientes, hasta que lo he visto, lo he valorado y se ha venido conmigo.
En LibrosOrwell esto no puedes hacerlo. Su ordenación viene dada por los libros que se suben al espacio web regularmente cada cierto tiempo. Y si tienes algún interés debes acudir al buscador o bien dejarte llevar por el rastreo minucioso. Hoy he entrado y me he saltado 6 o 7 páginas, las iniciales. Me he ido a lo que sería la trastienda, y allí estaba la Poesía, cuartel de invierno de Luis García Montero, esperándome. Una segunda edición. Se trata de un libro que, en el momento que apareció, me causó una gran impresión. La formulación de un ideario poético con tal argumentación y apoyo teórico me desbordó, me admiró. Lo que decían sus páginas superaba con mucho lo que un licenciado en ciernes, como yo por entonces, podía llegar a escribir, de lejos. Más aún, si consideras que él mismo escribió este texto en la misma etapa de su vida. Su idea de la poesía tiene la consistencia y la fortaleza que luego hemos visto en sus libros de poemas. Y está a la altura formal y literaria que el género ha adquirido a lo largo del s. XX. Relee la tradición, la interpreta en su contexto y en el propio y elabora su perspectiva sobre la historia y sobre el presente.
Recuerdo una noche en la Sala Europa junto a Luis, con Tomás y el resto de la tropa, acabados ya los gintonics, los cuartos o quintos que nos tomábamos. Le comenté que habíamos leído su ensayo y que nos gustaría escribir una reseña, como muestra de gratitud lectora y de complicidad literaria. Aquella reseña no la escribí nunca (a diferencia de otras que más me valdría no haber escrito), entre otras razones, porque no supe sintetizar el contenido de su libro en un par de cuartillas. Luis me ha parecido siempre uno de esos talentos literarios, escasos, que se dan en nuestro país. Y las veces que le he oído hablar no ha sido gratuitamente lo que ha dicho, aunque esos momentos no abundaron, pues siempre aparecía el moscardón que quería lucirse frente a los maestros, y estos, cuando se lo veían venir, levantaban el vuelo, y en su táctica de la confusión y de la huida algunos perdíamos la oportunidad de iluminarnos en medio de la altas horas de la noche.
A este libro, sucederían otros ensayos también interesantes, dignos de tener en la memoria, como la edición crítica que hizo de la obra de Gustavo Adolfo Bécquer, El sexto día o Los dueños del vacío. Haber tenido la suerte de conocerlo y compartir sus ideas es algo más que agradecerle al Maestro, a Pere Rovira. Ser coetáneo suyo y poder seguir leyendo cuanto escribe es un orgullo personal que nos enriquece.

jueves, 13 de octubre de 2011

Borges, el adjetivador

La primera vez que oí el nombre de Jorge Luis Borges cursaba 2º de BUP y aún quedaban lejísimos los días del rincón de LibrosOrwell. Me lo recomendó el profesor de literatura catalana, Rafael Molina, un tipo singular que había venido del País Valencià a dar clases al Instituto Màrius Torres, a principios de 1981. Su forma de tratar la literatura, su proximidad personal nos lo hicieron simpático y no tardamos en buscarle las cosquillas. Si no fue con los escritos que nos mandaba escribir como deberes, debió de ser en una conversación que mantuvimos con él, donde quisimos impresionarle con nuestros autores favoritos, cuyos nombres escuchó sin pestañear, diría. No recuerdo qué le diría yo, probablemente citara a Frederick Forsyth, Erich Segal. Si Molina nos hizo caso, debió de ser porque Tomás seguramente le mencionara los nombre de Edgar Allan Poe y de Óscar Wilde, que, a modo de contraseñas, le harían pensar que aún quedaba algo de esperanza en este mundo, dado la que estaba cayendo por las calles.
Cuando le preguntamos cuál era su libro favorito, no le costó decidirse. Puede que mencionara más de uno, pero sobre el que mostró más reverencia fue por El libro de arena de Jorge Luis Borges. Yo creo que se lo hice repetir un par de veces, antes de pedirle que me lo escribiera en un papel. No había oído nunca aquel libro que el profesor aseguraba que era lo más de lo más. Y de camino a casa pasamos por la Biblioteca Pública, entonces accesible por la calle de La Palma, y me llevé un ejemplar. Guardo la sensación de que no entendí qué interés podía suscitar aquel libro. No entendí nada de lo poco que creo que leí, pues, a diferencia de los libros a los que estaba acostumbrado, no podía entrar en él, y por más empeño que ponía sus páginas, palabras e historias parecían rechazarme, no aceptarme. Aún tendría que pasar un tiempo antes de que yo también tuviera en un pedestal la obra de J. L. Borges, durante el cual una extensa relación de lecturas me pondrían sobre el mundo y me dotarían del sentido lector necesario para reconocer y degustar cada uno de los adjetivos que el maestro Borges supo sembrar en sus páginas. Incluso diez años después, durante el viaje a Boston, en los momentos desoladores que se sucedieron, la lectura de Inquisiciones, El aleph, Otras inquisiciones contribuyeron a que la soledad o el desconcierto fuera menor y mis días se llenaran de su sabiduría con los joyeles de sus adjetivos.

martes, 11 de octubre de 2011

El Gran Faulkner

Uno va haciendo su biblioteca de libros leídos y de libros por leer, que esperan en las estanterías, tal vez si el tiempo pasa y no reciben la atención necesaria quedan relegados a las segundas o terceras filas de las estanterías. En el rincón de LibrosOrwell me he tropezado hoy con Mientras agonizo de William Faulkner. Ya ayer me contuve las ganas de no incluir su nombre en el texto donde hablaba del otro escritor coétaneo suyo, que a menudo se le contrapone como ejemplo estilístico.
Yo no soy de los que los presentan como terna de una disyuntiva. Cada uno tiene su mundo y su manera de expresarlo. E ignorarlos es despreciar obras que son como joyas de la literatura.
Faulkner no estuvo siempre ahí. Recuerdo una de aquellas tardes en que íbamos a casa de Emili y Pere, en el carrer Teuleries, de visita, a darles tertulia. (Solo años más tarde he caído en la gran paciencia con que en más de una ocasión debieron recibirnos y acogernos en aquel gran salón donde tenían su biblioteca y en cuyos extremos cada uno tenía su mesa de trabajo). Los debíamos levantar de lo que estuvieran haciendo o escribiendo, te sacaban una cerveza y allí te estabas dos o tres horas, hasta que te parecía prudente, si no se presentaba algún plan, largarte a casa. Recuerdo, decía, una de aquellas arengas mías panfletarias reivindicando o exigiendo la lectura de los grandes nombres de la literatura, pues por aquel entonces solo nos dejábamos llevar por las novedades, como si lo último que se publicara fuera siempre lo mejor. Cosas de la época y del escaso criterio que aún podía con nosotros. Alguno dijo que quizá se tratara de nombre excesivamente valorizados y que tal vez no fueran tan buenos como se decía que lo eran y habían sido. Pero el caso es que hablábamos más de boquilla que con la certeza de conocer sus obras. Hemingway, Faulkner, Proust eran asignaturas pendientes.
Con la lentitud que precisa toda lectura fuimos volviéndonos más sabios, diría. Y uno de los libros responsables fue Mientras agonizo, que nos abrió las puertas de su mundo. Y también de manera progresiva, fuimos entendiendo la grandeza de ciertos autores, nos deslumbró la magnitud de su imaginación y de su idea de lo que debe ser una obra literaria, que superaba con mucho el pensamiento literario de muchos de los autores que llenaban nuestras estanterías y que ahora ni siquiera ocupan la línea de sombra de nuestra biblioteca.

Los asesinos


Al llegar al rincón de LibrosOrwell, hoy me esperaba un viejo amigo, Los asesinos de Ernest Hemingway. Durante tiempo leí referencias sobre la calidad de los relatos de Hemingway. El Maestro, nuestro mentor y más que amigo, Pere Rovira, siempre se deshizo en elogios sobre el relato que da título a este volumen y también sobre "La vida corta y feliz de Francis Macomber".
Llegamos a buena parte de nuestras mejores lecturas gracias al consejo, al soplo que los amigos nos daban al hablar de este o aquel otro libro. Parecerá mentira, pero Hemingway no entraba en el lote de las vastas y dispersas lecturas de un adolescente de los años 80. Los cuentos de E.H. siempre quedaron a la sombra del renombre de las novelas que con una perspectiva reivindicativa se leyeron y editaron en los primeros años de la democracia.
Pero, por más que los buscabas, en los días en que Internet solo era una herramienta de astronautas, no había forma de encontrarlos. Incluso creo que debí ver antes la película que se filmó sobre su argumento antes que leer el texto mismo.
En aquellos dias en que aún se editaba sin vergüenza la Obra Completa de los Premios Nobel para su venta en los quioscos, aparecieron publicados los relatos completos, o casi, de E.H. Y ahí los cacé, diría yo, aunque no los leí hasta el verano de 1996, según anoté en las primeras págimas.
Es cierto que muchas de sus historias aparecen contadas de otra manera en Adiós a las armas o en Fiesta, por poner algún ejemplo de novelas memorables. Sin embargo, como textos independientes no se les puede negar su contundencia, su efectividad narrativa. Se puede pensar que E.H. era un maestro en el arte de manejar con rigor y economía las palabras, como si las contara, pero sus narraciones nos abren la puerta a mundos habitados por seres consumidos, apurados, crueles en algunos casos o despiadados a los que no les habríamos dado ni los buenos días, y de los que él supo extraer la vida que los mantenía en pie y hacerlos duraderos más allá de sus pobres existencias.
Se queda uno con ganas de leer más relatos de E.H. cuando cierra un volumen de cuentos suyos, más aún si, como es el caso, este es un libro no reeditado en bolsillo por esta editorial ni por ninguna otra del pais, durante largo tiempo, hasta que hace unos años Lumen se decidió a sacar sus Cuarenta y nueve primeros cuentos, en una edición de cuidada pero nada asequible. Otro pelo nos luciría si además de a don Pío Baroja también incluyéramos dentro de las lecturas obligatorias las de don Ernesto. [Añado enlace a un artículo de El País, con el que me he tropezado y que también bendice estas páginas, por si alguien se ha quedado con ganas de más]

domingo, 9 de octubre de 2011

Los prejuicios

Por una serie de prejuicios, durante largo tiempo evité leer Tirano Banderas de Valle-Inclán, que acabo de encontrarme encima de la mesita apenas he entrado en el rincón de LibrosOrwell. Cuando lo hice, no hace demasiado, ya venía convertido a la fé valleinclanesca por algunas de sus otras obras, como Romance de Lobos, las novelas que dedicó a la guerra carlista o el primer volumen de su otra trilogía El ruedo ibérico. Así, pues, no me supuso ningún esfuerzo ponerme con Tirano.
Creía que se trataba de una novela más de lo que había leído en Historias de la Literatura, una novela más de dictadores, y no diría que no lo sea. Quizá pesaba el poso extraño de la versión cinematográfica que vimos hace ya años, y la sensación que nos transmite lo audiovisual de que con sus imágenes no habrá palabras que logren superar su mensaje.
Sin embargo, el mundo que uno se encuentra en Tirano Banderas supera con mucho al de la película que lo versionó. La prosa de Valle-Inclán, primero de todo, es ya un crochet, por imprevisto, para todo aquel que no lo haya leído anteriormente. Recuerdo haber buscado sin éxito numerosas palabras cuando leí las novelas de la guerra carlista, hasta que me di cuenta de que Valle me hablaba de un mundo ya desaparecido del que apenas quedan restos y con el que también desapareció la lengua que le era propia. Aquí también sucede lo mismo, quizá no tan perceptible. Pero la contundencia de su estilo, sus oraciones directas, su punto de vista mordaz, ese mundo frágil del periodismo, de aquellos que viven bajo regímenes autoritarios y que no puede controlar su rebeldía ni su crítica se vuelven admirables a todo lector que le dedique su atención. Es cierto que no tiene la desnudez expresiva de un Baroja, y que eso le habrá restado popularidad, pero su obra debe valorarse como un puerto de llegada en lo que respecta a la literatura en nuestra lengua, y pocas obras (me sería difícil enumerar un puñado) se pueden equiparar a esta.